miércoles, 21 de febrero de 2024

Vol. 6-82 (1, 3) Noviembre 18, 1904

 Vol.  6-82 (1, 3)  Noviembre 18, 1904

El Cielo de Jesús sobre la tierra son las almas que dan habitación a su Divinidad.

Encontrándome en mi habitual estado, en cuanto ha venido mi adorable Jesús me ha dicho: “Hija mía, mi cielo cuando vine a la tierra fue mi Humanidad; 

y así como en el cielo se ven la multitud de las estrellas, el sol, la luna, los planetas, la amplitud, todo puesto en bello orden, 

y éste es imagen del cielo que existe por encima, donde todo está ordenado; así mi Humanidad, siendo mi cielo, debía traslucir fuera el orden de la Divinidad que habitaba dentro, es decir: Las virtudes, la potencia, la gracia, la sabiduría y lo demás.

Ahora, cuando el cielo de mi Humanidad, después de la Resurrección ascendió al Cielo empíreo, mi cielo sobre la tierra debía continuar existiendo, y éste son las almas que dan la habitación a mi Divinidad, y Yo habitando en ellas formo mi cielo y también hago traslucir fuera el orden de las virtudes que están dentro. ¡Oh, qué honor es para la criatura el prestar el cielo al Creador! Pero ¡oh, cuántos me lo niegan! Y tú, ¿no quisieras ser mi cielo? Dime qué quieres.”

Y yo: “Señor, no quiero otra cosa que ser reconocida en tu sangre, en tus llagas, en tu Humanidad, en tus virtudes, sólo en esto quisiera ser reconocida, para ser tu cielo y ser desconocida por todos.” Parecía que aprobaba mi propuesta y ha desaparecido.


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