La vida en santidad no es una novedad insertada en algún momento de la vida del hombre. No debemos olvidar que es la únca, es el primer deseo de Dios, nuestro Padre Creador. En el exceso de Su Amor, creó al hombre para que se recreara con todos los bienes de la Creación, puestos a su disposición y sobre los cuales le dio libertad de dominar (cf. Gen 1: 27-29).
Nuestro antepasado poseía tal santidad cuando fue creado por Dios, e incluso sus acciones más pequeñas tenían tal valor, que ningún santo, ni antes ni después de la venida de Jesucristo a la tierra, puede compararse con su santidad y todos sus actos juntos no tienen el valor de un sólo acto de Adán. Adán poseía en sí mismo la Divina Voluntad, poseía la plenitud de la santidad, la totalidad de todos los bienes divinos para poder llenar el Cielo y la tierra sobre los cuales él tenía dominio. Cada uno de sus actos fue hecho en la plenitud de todos los bienes divinos.
En sus actos, le dio a su Padre celestial toda la gloria, ese amor pleno, que ninguna criatura le dio, porque solo en la Divina Voluntad estos actos tienen un valor infinito. No existen fuera de ella. Adán participaba en la Divinidad al tener las riquezas de la Voluntad Eterna, porque a Dios, al crearle, no dejó nada fuera, en todo le fue dada tanta plenitud divina como le era posible contener a la criatura. Y esto, mientras vivió en el Reino de la Divina Voluntad, reprodujo en sí la imagen más hermosa que Dios quizo darle, dotándolo de voluntad, intelecto y memoria.
En la voluntad se refleja el Padre Celestial, que como Primer Acto, comunicó Su poder, Su Santidad, Su altura, a la cual fue elevada la voluntad humana, invistiéndola de Su propia Santidad, Poder y Nobleza ... entre las dos voluntades, todo estaba en común. , en mutuo acuerdo. Y es así como, en su primer acto, la voluntad de Adán fue constituida libre, independiente, tal como fue el primer acto de la Voluntad del Padre Celestial. Mientras que el Hijo y el Espíritu Santo concurrieron en segundo y tercer acto. El Hijo, dotándolo de intelecto, el Espíritu Santo dotandólo de memoria.
Con Luisa, durante su formación, Jesús nos enseña a todos a vivir, con nuestros actos, en Su Divina Voluntad y, sobre todo, a no salir de Ella. Todas las acciones hechas en Su Voluntad son tan apreciadas que tan pronto como el alma entra en Ella para actuar, Su luz la rodea y Jesús mismo corre para hacer que Su acto sea uno junto con el de la criatura, sean uno, y ya que Él es el primer acto de toda la Creación, sin Su primer impulso, todas las cosas creadas permanecerían paralizadas, sin fuerza e impotentes ante el más mínimo movimiento. La vida está en movimiento; sin ella todo está muerto.